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A los 42 años, y en el peak de su carrera teatral y televisiva, habiendo protagonizado varios clásicos en las tablas y también en la pantalla chica junto a Sonia Viveros, como la exitosa serie Martín Rivas –la primera en transmitirse en colores en Chile–, Alejandro Cohen tomó una decisión radical: irse a Israel con una maleta y una bicicleta al hombro, permaneciendo allá durante 11 años. A su regreso, en 1999, tomó otra decisión radical, como varias en su vida: abandonar la profesión que estudió en la Universidad de Chile –y que lo catapultó en la memoria del espectáculo nacional– para dedicarse con la misma pasión al Seiki Shiatsu, disciplina a la que está consagrado hoy a tiempo completo, al igual que a su escuela, donde forma nuevos terapeutas, y a las charlas motivacionales.

 

Por Antonio Muñoz, Periodista PUC

Gracias a su profesionalismo y talento, pero también a su facha, fue elegido para protagonizar varias teleseries en los 80. ¿Cómo cuidaba su apariencia?

“Aunque se me elogiaba el aspecto físico, nunca hice roles de galán. Nunca pensé que lo fuera. Los personajes eran de tipo
tranquilo, buena persona y colaborador. En lo personal, siempre fui amante del deporte. Desde muy joven hice atletismo,
natación, tenis de mesa, Aikido y esgrima durante muchos años. En este último caso, por ejemplo, practicaba en la Federación Chilena de Esgrima, en la calle Tarapacá, a las 6:30 de la mañana, porque luego tenía que ir a grabar a los
estudios de TV. El problema fue que se me desarrolló toda la parte derecha, porque yo era sablista, y todo lo hacía con el lado
derecho. Entonces, cuando me probaban vestuario en las teleseries y me tenían que probar las camisas y los pantalones,
no entraban de este lado. Parecía medio Hulk. Y por el lado izquierdo era flaquito, porque era el lado normal”.

 

¿Cómo compensó ese desequilibrio?

“Haciendo yoga y danza para equilibrar y elongar. Hacía mucho deporte en la década de los 70 y hasta hoy. En Santiago, me desplazo todo el día con mi bicicleta. Tengo buen estado físico y, además, voy a la piscina prácticamente todos los días a nadar y a hacer ejercicios. El deporte es parte de mi vida”.

 

¿Tuvo algún cuidado especial con la alimentación?

“Yo fui uno de los primeros en ser vegetariano, en el año 72. Incluso tengo por ahí un artículo. Tenía unos 24 o 25 años. Se
produjo este cambio alimentario a partir de mi afición a la carne. Una vez nos fuimos Tomás (Vidiella), Pina Brand y yo,
a hacer un café concert al Cap Ducal en Viña del Mar (Teatro El Túnel). Mandé a Tomás y a la Pina al hotel, y me puse
a trabajar en la iluminación, porque ese era mi cargo, al margen de la actuación. Una vez finalizado, me volví por la playa
hacia el Hotel San Martín y, de pronto, me ataca un dolor estomacal terrible y paralizante. Al otro día era el estreno. Y llega
el médico, un caballero mendocino, con unos ojos azules penetrantes. Entonces, en medio de todo este dolor, me mira profundamente y me dice: ‘Alejandro, ¿por qué no se hace vegetariano? Y nunca más va a tener problemas’. ‘Sí, sí, doctor, pero sáqueme esto ahora’. Y, a partir de ese minuto, como yo soy ariano, soy severo, y corté para siempre. En Santiago, me fui a Salud Natural, al centro de sanación natural de Manuel Lezaeta en Tomás Moro. Vamos con las abluciones, vamos
con las limpiezas, vamos con los baños de cajón hasta acá (señala el cuello). Dos años comí solamente frutas, verduras y
semillas crudas. Solo eso; limpieza total. Y hasta el día de hoy. Claro que hoy tengo una alimentación más equilibrada”.

 

¿Qué pasó con su cuerpo en el tránsito de un estilo de vida carnívoro a otro vegetariano?

“Me limpié. Me sentí maravilloso. Luego partí con el Tai Chi, así es que el deportey la meditación han estado acompañándome
toda mi vida. Inicialmente, hice este cambio muy violento, no hice transición. De modo que me salían espinillas por los poros, más diarreas y vómitos. Fue espantoso. Y la parte terrible fue lo social, porque en los años 70 iba a fiestas y reuniones con amistades con mi tupperware con alimentos vegetarianos. Fui bastante perseverante al no doblegarme frente a la tentación. En medio de todo esto, viene mi inquietud por las comunicaciones. Conocí a Agie Kraus, psiquiatra y terapeuta que utilizaba un método psicológico muy en boga en aquel  minuto, el Análisis Transaccional, cuyo fundador es Eric Berne. Según Berne,
nosotros estamos compuestos de 3 círculos: el Padre, el Adulto y el Niño. Tú te relacionas creando transacciones con el otro, de modo que las comunicaciones, cuando son cruzadas, tienen un resultado fatal. Yo estudié este método. Luego, con
Agie Kraus y otra socia, abrimos un centro de crecimiento en la calle Hannover, en La Reina. Estamos hablando del año
83. Hacía televisión y teatro, y me las arreglaba para participar en este Centro de Crecimiento y Desarrollo Personal”.

 

Cinco años después, en 1988, y en el mejor momento de su carrera televisiva, se va a Israel. ¿Qué lo motivó a tomar esa decisión?

“La verdad es que estaba un poco harto. Yo soy así, de decisiones radicales. Volvamos un poco atrás. Toda mi vida, y gracias a Dios, y a mi esfuerzo, profesionalismo, dedicación y constancia, hice todos los roles que yo quise. Rechacé todos aquellos que no quise. Cuando me di cuenta de que, en el año 83-84, los contenidos de las teleseries tomaron un giro que no me llamaba la atención, ofreciéndome roles que no estaba dispuesto a interpretar –además que no sabía hacerlos–, a lo que se sumó que desde hacía un tiempo el teatro clásico estaba en franca desaparición, entonces tomé la decisión de viajar a Israel. Por supuesto, la sociedad cambió y había que ir junto con eso, no rechazarla. Entonces, dar un A los 42 años, y en el peak de su carrera teatral y televisiva, habiendo protagonizado varios clásicos en las tablas y también en la pantalla chica junto a Sonia Viveros, como la exitosa serie Martín Rivas –la primera en transmitirse en colores en Chile–, Alejandro Cohen tomó
una decisión radical: irse a Israel con una maleta y una bicicleta al hombro, permaneciendo allá durante 11 años. A su regreso, en 1999, tomó otra decisión radical, como varias en su vida: abandonar la profesión que estudió en la Universidad de Chile –y que lo catapultó en la memoria del espectáculo nacional– para dedicarse con la misma pasión al Seiki Shiatsu, disciplina a la que está consagrado hoy a tiempo completo, al igual que a su escuela, donde forma nuevos terapeutas, y a las charlas motivacionales paso al costado era lo más cuerdo. Para mí, el tema del sacrificio no; es decir, esfuerzo, trabajo, sudor, todo lo que tú quieras sí, pero dentro de lo que yo amo con pasión. Soy judío. Hice todo el trámite y partí con una maleta, mi bicicleta al hombro y acompañado de mi mujer de ese entonces y de nuestra hija. Tenía parentela allá, todos muy lejanos. Me fui legalmente como un nuevo emigrante. El Estado israelí me dio un lugar donde habitar con mi familia y, además, entre otros beneficios, dos años de estudios de hebreo. Todo gratis. Me vincularon con directores del teatro israelí para que empezara luego, una vez que el idioma comenzara a fluir. Mi hija y su madre se regresaron a Chile a los pocos meses”.

 

¿Y por qué tomó la decisión de volver?

“Tenía una cuenta pendiente: mis hijos. No me acuerdo si en el año 85 u 86, aparecieron en Israel unos productores del programa chileno Los Patiperros, que fue muy famoso en su tiempo, y dentro de la entrevista me preguntan por ellos. ¡Y la verdad es que eso me tocó profundamente! Y aunque era feliz allá, desarrollándome como actor en el Teatro Nacional Israelí (“Habima”), dictando clases de danza-teatro, haciendo cine, realizando coreografías para grupos teatrales independientes,
dirigiendo obras en un grupo latino, etc., me dije: ‘Yo no me voy a morir aquí sin saldar esa cuenta’. Tengo 5 hijos de 4 madres. Y regresé el año 99 a Chile, en busca de la reconciliación con mis hijos, a ver si podíamos reanudar nuestras
relaciones, considerando que fui un padre ausente. Se produjo el encuentro. Saldé completamente la deuda y, hoy,
todo ordenado y con buenos resultados, con malos resultados, pero absolutamente corregido. Y regreso, además, con mi nueva profesión: Seiki Shiatsu, inaugurando la Sede Internacional en Chile, que dirijo hasta hoy”.

 

¿Cómo se produjo su acercamiento con el Seiki Shiatsu?

“Tuve la fortuna de trabajar en un país culto y desarrollado en su totalidad. Como actor, vivir la experiencia de un teatro organizado, como es el teatro israelí, es lo más grande a lo que uno puede aspirar como actor, donde todo es ordenado… ¡y con las plateas repletas de espectadores! Tuve mucho tiempo para observar cómo trabajaban especialmente los directores. Maravilloso. Sin embargo, yo sentía que algo, esta llama interna que es la pasión, se estaba apagando. ‘Parece que la pasión y los sueños escénicos se apagaron’. Me dije: ‘Yo estoy mal. Por lo tanto, hay que buscar radicalmente otra actividad’. Me junté con una amiga y le pedí que llevara un lápiz y un papel. Nos fuimos a unas termas, que a mí me gustan mucho, al igual que a mi madre. Luego nos fuimos a un lugar precioso, de picnic, con calor, debajo de unos toldos, y le dije: ‘Ponga una línea al medio del papel y escriba Sí aquí y No acá. En el lado NO, la lista era eterna: nada con grupos, no quiero esto, no quiero esto otro. El lado SÍ, en blanco. No tenía nada claro. Hasta que ella, de repente, me dice: ‘Oye, Alejandro, yo conozco un tal Tzvika Calisar, que hace Shiatsu’. ‘¿Que hace qué?’ ‘Shiatsu’. ‘¿Y qué es eso?’ ‘Bueno, se presiona los puntos en el cuerpo, sanación, método japonés…”. ‘Pero, ¿esto es con pacientes?’ Entonces, ella me explica un poco y yo trato de entender algo que desconocía absolutamente. ‘Si quieres, yo te hago un enlace’. El maestro Calisar vivía en Tel Aviv,  donde tenía su escuela, cerca de mi casa. Fijamos un día y una hora. Llego a su consulta, que se veía como la mía. Abre la puerta, vestido igual a como yo estoy ahora. Me dice: ‘¿Tú haces Aikido?’ ‘Sí, llevo 20 años haciéndolo’. Esta escuela tiene mucha relación no con el Aikido propiamente tal, sino con el concepto del movimiento, el tándem, la energía. ‘¿Y cuándo partimos?’, le pregunto. ‘No, no; primero, te das una vuelta por las distintas escuelas y averigua. Si te decides por ésta, vuelves’. Y yo, con ese sentido del humor que tengo, me doy una vuelta sobre mis talones, y le respondo: ‘¿Cuándo partimos?’ Y nos reímos hasta el día de hoy. Inicié mis estudios con el maestro Calisar 3 años y medio antes de regresar a Chile, combinando mis
estudios de esta disciplina con el teatro”.

 

¿Se instaló con consulta apenas volvió?

“A mi regreso partí acá con un contrato desde Israel para dirigir una obra de Tennessee Williams, El zoo de cristal, con
Eliana Vidiella, en el Teatro El Conventillo. Entonces, dije: ‘Voy a estar dos meses ensayando, me aboco a esto y, una vez
que termine, aquí se acaba todo’. Cumplí con mi contrato, dirigí la obra en el teatro y, al próximo día del estreno, me voy con
mi sobrino al valle del Elqui a limpiarme de todo. Al regresar a Santiago, inicio mi búsqueda para encontrar consulta. Tuve
mi consulta durante 13 años en el Mall Panorámico. Pero, como la oficina no era propia, tuve que abandonarla a pedido
de la dueña y me trasladé acá, donde ya llevo unos pocos años”.

 

¿Cómo se hizo de clientela?

“Cuando regresé, evidentemente, todavía estaba la imagen de Alejandro Cohen en Los Patiperros, que lo repitieron muchísimo en la televisión, agregado a lo de Martin Rivas. Entonces, claro, abrí la consulta y se repletó, de modo que el
ser conocido me favoreció en un 100%. Fue muy simpático y yo agradecido. Me llamaban para pedirme una hora. La
gente me decía: ‘¿Usted hace chapsuí?’ ‘Sí’, les contestaba. ¡Qué me iba a poner a explicar! Otros creían que yo era
hechicero. Imagínate, si incluso ahora el Shiatsu no es tan conocido, ¿¡cómo sería en el año 99!? Hoy, la medicina
complementaria es conocida por todos.”

 

Cuéntenos en qué consiste esta disciplina.

“En general, y es muy importante también entenderlo dentro de un contexto de lo que significa el mundo holístico, apunta
hacia la unificación de mente, cuerpo y espíritu. Ese es el objetivo final de todas las disciplinas médicas que están relacionadas con el mundo holístico. Ahora, cada escuela tiene su propia metodología de aplicación de sanación para llegar a
este final. Y yo necesito reconocer que hay otras disciplinas que son tan buenas como ésta. Hay mucha gente esforzada
que hace un trabajo de mucha dedicación en el campo de la sanación, con amor, cariño, respetuosidad y profesionalismo.
Esta escuela (Seiki Shiatsu) apunta, específicamente, a llegar al plano inconsciente del paciente para activar sus propios
sanadores internos, para lo cual tiene que haber un mutuo acuerdo de autorizaciones entre el receptor y el emisor.
Y, para activarlos, se hacen presiones en distintos puntos en el cuerpo. Es como acupuntura, pero sin agujas. Todo se te
explica como paciente, todo se te informa, todo es cristalino. A medida que vas pasando de sesión en sesión, empiezan
a aflorar todos tus demonios, todo lo que te acosa, y empezamos a cambiar el programa de negativo a proactivo. Las
sesiones se realizan una vez por semana y con seguimientos, porque instalamos una especie de caja de distribución interna
energética que sigue operando durante toda la semana. En definitiva, tú eres tu propio médico. Sirve para todas las enfermedades que, básicamente, son psicosomáticas; incluso las adicciones también se pueden tratar, como por ejemplo
al alcohol”.

 

¿Dialoga con el paciente?

“Claro. Y bastante. Y mucho humor de por medio. También aparece la zona sombría. Te pongo un ejemplo, que pasa mucho. Llega una mujer de entre 40 y 45 años, con unos dolores de cabeza espantosos y, cada vez que le viene la menstruación, tiene que estar apagado todo, tirada en la cama, en silencio y en total oscuridad. Nos ponemos a trabajar, semana a semana. Se hace el seguimiento, se anota en una ficha y, en la cuarta o en la quinta sesión, se desata en llanto, desconsoladamente.
Uno espera en alerta. Nosotros, los terapeutas de Seiki Shiatsu, nunca vamos a decirle al paciente lo que tiene que hacer, nunca. ‘Llore, grite, patalee, haga lo que quiera, desahóguese…’ Y, de pronto, sollozando, declara que fue violada cuando niña, o que fue toqueteada, o que fue ultrajada por un familiar… Y durante 35 años de su vida lo ha estado ocultando. El miedo; el temor de no informar a sus padres, de no ser creída. Claro, siempre hay un tío, una tía, un primo, un vecino, un cercano próximo a la familia. El trauma o la fijación salen a flote, y sobre eso uno empieza a trabajar. Nosotros somos
acompañantes, somos facilitadores de esa persona que está viviendo por años la experiencia del dolor. Cuando llegamos a este punto crítico, uno le pregunta al paciente: ‘¿Qué piensa hacer ahora?’ La solución la propone siempre el paciente. Nosotros, los terapeutas de la escuela, jamás en la vida hacemos juicio de nada, ni emitimos ningún tipo de solución. Solo acompañamos en el proceso de recuperación”.

 

¿Le queda algún sueño por cumplir?

“Yo los cumplo todos los días. Me levanto cada mañana y me digo: ‘Vamos a ver qué es lo que hay que hacer hoy, qué hay que enfrentar’. Porque así es la vida: cambios, creatividad, solucionar, decidir a cada instante… Eso de levantarte en la mañana y decir: ‘Qué lata tener que ir a trabajar, no tengo ni una gana’, no me lo permito. Y lo otro que es muy importante es mi mujer (Mayeya), el apoyo, mi compañera de ruta, el impulso que gatilla el generador de mi tiempo presente”.

 

¿cómo conoció al fundador de El Guardián de la Salud, Ronald Modra Roberts?

Cuando regresé a Chile, en 1999, me integré a la Asociación de Salud Natural A.G., como socio y miembro directivo. A partir de ese momento tuve la suerte de conocer a Ronald Modra, un hombre de carácter fuerte y con poder de decisión, dotado de un ferviente impulso en la creación de la Asociación, junto a su señora e hija mayor. Al publicar su libro “Siempre Delgado, con Salud y Sabiduría”, me ofreció el honor de escribir el prefacio, lo que hice con enorme agradecimiento: “Finalmente, un manual que con sencillez y documentación, nos guía alegremente por el camino de la salud consciente

Contacto Alejandro Cohen:
Página web: www.seikishiatsu.cl
Email: info@seikishiatsu.cl
Teléfono: (56-2) 2233 34 79

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