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Extracto de “Vaccine Illusion”
Libro escrito en 2012 por Tetyana Obukhanych,
investigadora biomédica con un doctorado en inmunología

Los inmunólogos piensan que tienen una sólida explicación teórica de la inmunidad. Afirman que la inmunidad natural es el resultado de la memoria inmunológica a patógenos previamente encontrados. De esta forma, igualar la inmunidad con la memoria inmunológica es el aspecto más importante del dogma inmunológico. Sin este pilar, la inmunología no tendría ninguna base teórica para imponer la vacunación como una medida de prevención de enfermedades a largo plazo. No obstante, este recurso altamente valorado tiene un defecto fatal.

¿Qué es exactamente la memoria inmunológica?
La memoria inmunológica se define como la capacidad del sistema inmunitario para generar una producción de anticuerpos más rápida y más robusta a un antígeno previamente inyectado –una biomolécula o una partícula de origen no autónomo– una vez que este antígeno se encuentre de nuevo. Dado que los inmunólogos suelen evitar trabajar con patógenos, el concepto de memoria inmunológica se estableció sin probarlo en bacterias o virus reales, sino sólo en proteínas aisladas.

Los inmunólogos han descubierto que los antígenos proteicos purificados no tienen la capacidad de inducir la producción de anticuerpos en seres humanos o animales (los receptores) por sí mismos. Para inducir la producción de anticuerpos, un antígeno proteico necesita ser mezclado con un adyuvante –una sustancia citotóxica, como una sal de aluminio o alumbre– antes de ser inyectado en los receptores. Para generar un refuerzo en la producción de anticuerpos, los receptores necesitan recibir una segunda inyección del mismo antígeno proteico, pero esta vez la inclusión del adyuvante es opcional. La respuesta primaria a los antígenos proteicos es lenta, débil y adyuvante-dependiente, mientras que las respuestas secundarias o terciarias (refuerzos) son más rápidas, mayores en magnitud y adyuvante-independientes. Esta diferencia entre las respuestas inmunes primarias y secundarias forma el concepto de memoria inmunológica.

Una teoría que no funciona en la práctica
Uno podría esperar que si el sistema inmunológico puede responder más rápido la segunda vez, entonces quizás esta respuesta inmune más rápida forma la base de la inmunidad de por vida. Sin embargo, a pesar de ser tan atractivamente lógica, esta idea resultó ser errónea después de una investigación más profunda. Una vez que los inmunólogos comenzaron a probar antígenos no proteicos para la inducción de la memoria inmunológica, tales como polisacáridos o partículas complejas con estructuras repetitivas, resultó que estos antígenos se comportaron de manera totalmente diferente: No provocan una respuesta de memoria, es decir, niveles más rápidos o altos de producción de anticuerpos, incluso cuando se inyectan varias veces.

La mayoría de las bacterias problemáticas llevan cápsulas de polisacáridos en su superficie y todos los virus son partículas complejas con moléculas en su superficie que se repiten. ¿Significa esto que los patógenos reales no provocan memoria inmunológica? ¡Exacto! ¿Cómo se produce entonces la inmunidad de por vida a las infecciones adquiridas naturalmente, si no es a través de la memoria inmunológica? Después de 200 años de investigación, los inmunólogos todavía no tienen una respuesta clara. Además, la mayoría de ellos no quieren reconocer que no tienen la respuesta.

El dogma que equipara la inmunidad natural con la memoria inmunológica persiste en la inmunología a pesar de que no es aplicable a patógenos reales, y son pocos los inmunólogos que advierten a sus colegas acerca de esta confusión1. En cambio, la prioridad número uno de la investigación inmunológica moderna está precisamente en perpetuar este falso dogma, ya que da razón para diseñar las vacunas con la estrategia dependiente del adyuvante y asegura el monopolio de los paradigmas inmunológicos en las políticas de salud pública.

Las vacunas pueden generar alergias
Si el modelo experimental de memoria inmunológica no proporciona una explicación adecuada para la inmunidad adquirida naturalmente, ¿representa algún otro fenómeno con el cual podríamos estar familiarizados? Sí, lo hace. Estoy hablando de un proceso inmune desregulado llamado alergia.

Al igual que el modelo de memoria inmunológica predice, las respuestas alérgicas se fortalecen con cada exposición a un alérgeno. Además, la mayoría de los alérgenos son proteínas o trozos de proteínas llamados péptidos, que de nuevo encaja bien en el modelo de memoria inmunológica. La exposición primaria a un alérgeno es adyuvante-dependiente y se llama sensibilización. Una vez que esta sensibilización ha tenido lugar, las exposiciones posteriores al mismo alérgeno generan más anticuerpos y desencadenan reacciones alérgicas, que en esta etapa son adyuvante-independientes.

Cómo funcionan las alergias
La alergia es un proceso complejo compuesto de varias etapas. El modelo de memoria inmunológica sólo describe una de las etapas –el proceso de producción de anticuerpos. Deja de lado las consecuencias de tal producción de anticuerpos. Estos se unen entonces a sus receptores en la superficie de los granulocitos –que son células especializadas del sistema inmunológico– y permanecen atados allí listos para reaccionar ante el alérgeno contra el que fueron producidos. Tan pronto como los anticuerpos unidos a la superficie detectan la presencia de ese alérgeno, desencadenan granulocitos para descargar sustancias irritantes de sus gránulos. La actividad de los granulocitos conduce a diversos síntomas de alergia. Dependiendo del tipo y localización de los granulocitos implicados en la respuesta, las reacciones alérgicas pueden manifestarse como dermatitis atópica (en la piel), esofagitis eosinofílica (en el esófago), un ataque de asma (en el tracto respiratorio) o un shock anafiláctico sistémico mortal (en la sangre).

Los alérgenos alimentarios típicos son proteínas o péptidos capaces de inducir respuestas de memoria; es decir, reacciones inmunes o alérgicas que se hacen más graves con cada exposición posterior. Pero para iniciar este proceso de exacerbación, una proteína o péptido digerido de forma incompleta necesita pasar del intestino al tejido linfoide mientras el adyuvante está merodeando. Sin un adyuvante, no habrá respuesta inmune a una proteína o péptido alimentario, y no se convertirá en un alérgeno.

No es tan fácil generar una alergia
La buena noticia es que no reaccionamos a todas las proteínas posibles que comemos o respiramos, porque normalmente no están acompañadas por ningún adyuvante. Incluso los péptidos problemáticos difíciles de digerir, como los derivados de nueces o granos, no se convierten por sí mismos en alérgenos. Cuando lo hacen, tenemos que identificar un adyuvante que les permita convertirse en alérgenos. Las sales de aluminio tienen un fuerte efecto adyuvante. Tal vez, al tratar de averiguar la causa de algunas alergias a los alimentos, deberíamos buscar en los polvos de hornear aluminizados o en los medicamentos anti-ácido que contienen aluminio.

Las sales de aluminio también se incluyen en las vacunas precisamente con el fin de hacer vacunas inmunogénicas; es decir, capaces de inducir la producción de anticuerpos. No es de sorprender que las vacunas que contienen alumbre se basen en el principio de memoria inmunológica. Como era de esperar, un refuerzo (inyección secundaria o terciaria de la misma vacuna) genera una potente respuesta de memoria a los componentes de la vacuna.

Sin embargo, algunos niños también desarrollan reacciones adversas alérgicas que se intensifican con cada ronda de vacunación, como erupciones cutáneas, problemas gastrointestinales o respiratorios, incluso shock anafiláctico. Este patrón de exacerbación es totalmente coherente con la consecuencia no intencionada pero totalmente anticipada de la memoria inmunológica.

El peligroso aluminio
El número de vacunas que contienen alumbre ha aumentado a lo largo de las décadas. En la actualidad (2012), se incluyen en la vacuna contra la hepatitis B (HepB); la vacuna contra la difteria, el tétanos y la pertussis acelular (DTaP); la vacuna contra la hepatitis A (HepA); la vacuna conjugada Haemophilus influenzae tipo B (Hib) y la vacuna conjugada neumocócica (PCV). Estas vacunas se inyectan varias veces durante el primer año de vida y algunas se continúan inyectando periódicamente en la edad adulta (por ejemplo, Td o Tétano-difteria). Una de las vacunas más nuevas para adolescentes y adultos jóvenes, Gardasil®, también contiene alumbre.

Fue en la década de 1920 cuando se encontró que el alumbre tenía propiedades adyuvantes. Debido a que no se observaron reacciones bruscas inmediatas a la inyección con alumbre, durante casi un siglo se consideró una sustancia segura y biológicamente inerte adecuada para uso humano. Su efecto adyuvante se atribuyó erróneamente a su naturaleza insoluble y a la propensión de formar depósitos estables de captura de proteínas que persisten durante mucho tiempo después de la inyección.

Todo cambió a finales de los años 2000, cuando los científicos determinaron el mecanismo real del efecto adyuvante del alumbre. Primero, se encontró que la formación de los depósitos estables era innecesaria para el efecto adyuvante del alumbre1*. Además, lejos de ser una sustancia biológicamente inactiva, el alumbre era capaz de activar los granulocitos2 y las células presentadoras de antígeno que preparan el sistema inmunitario para la producción de anticuerpos3.

En los experimentos con animales, la administración oral o parenteral de alumbre hizo que los animales fueran alérgicos a las proteínas alimenticias consumidas4 o inyectadas al mismo tiempo5. De esta forma, y a la luz de estos hallazgos biológicos relativamente recientes, la supuesta inocuidad del alumbre en las vacunas y su efecto general sobre el desarrollo de alergia debe ser sometido a una gran reevaluación.

Deberíamos preguntarnos, ¿por qué las alergias que ponen en riesgo la vida son cada vez más frecuentes en nuestros niños?  Los médicos no parecen tener idea, pero la respuesta podría estar justo debajo de sus narices  –en el alumbre con el que generosamente inyectan a nuestros hijos en forma regular. Podríamos habernos conseguido el caballo de Troya bajo el disfraz de la vacunación.

Referencia:
1. www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22481438
*Los estudios de los números referenciales indicados a lo largo del resto del artículo se encuentran disponibles al final del capítulo 6 en el escrito original, en el vínculo señalado a continuación.
Puede leer el libro completo “Vaccine Illusion” en:
http://cdn.greenmedinfo.com/sites/default/files/vaccine_illusion/vaccine_illusion-gmi.pdf

 

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